Cada día paso por esta esquina camino del trabajo. A veces me detengo unos minutos, preparo la camara (la caja mágica, que decía Larrain) y casi siempre disparo. Me gusta hacerlo, especialmente, en esos días en los que aún no ha amanecido. Tres, cuatro, cinco diparos. No hay tiempo para más. El trabajo espera y aún tengo que parar a tomar mi café de cada mañana. Dejo pasar algunos días y miro las imágenes que he conseguido. Hay una que llama mi atención. Me gusta esa presencia del hombre abriendo la puerta de su pequeño negocio. Una coqueta crepería, a la que, por cierto, hace tiempo que no voy. Tal vez le falte algo de nitidez a la figura del hombre, pero me gusta el gesto. Me resulta acogedor. Casi, casi, familiar. Tal vez sea porque me imagino traspasando el umbral y sentándome en una mesa, junto a la ventana, degustando un crepe de dulce de castañas. Miro otra vez la fotografía y veo un momento atrapado dentro de un rectángulo. —No te olvides de Gaza. Ni de Cisjordania tampoc...